La Revolución de Mayo
1. Comienzos de 1808
2. Buenos Aires era un polvorín
3. La semana de mayo
4. El voto de los vecinos
5. El camino de la libertad
6. Un gobierno en armas
7. La Defensa de la Revolución
8. Primera Junta
Comienzos de 1808
Horas de angustia se vivían en Buenos Aires a comienzos de 1808. La euforia provocada por el rechazo a las dos invasiones inglesas se fue apagando lentamente cuando se recibió una intimación de la corona portuguesa para que el Río de la Plata se someta a su control. Para colmo de males, se hacía cada vez más fuerte el rumor de que los ingleses estaban preparando un tercer ataque. Los días de júbilo vividos menos de un año atrás parecían haber quedado sepultados muy lejos en el tiempo.
¿Por qué Portugal se animaba a tener pretensiones sobre Buenos Aires? Porque por ser aliado de Inglaterra estaba indirectamente en guerra con España, la que a su vez era aliada de Francia. La amenaza portuguesa surgió en forma inmediata a la mudanza de su corona a Brasil, luego de que las tropas napoleónicas invadieran su territorio el 29 de noviembre de 1807. Los porteños tenían ahora un nuevo enemigo en sus fronteras.
El tercer asalto inglés a Buenos Aires, finalmente, no se produjo, porque la invasión napoleónica a España hizo cambiar las alianzas: los invadidos pidieron ayuda a Inglaterra para luchar contra Napoleón, a lo que Londres accedió gustoso y de paso suspendió el ataque al Río de la Plata. Inglaterra también hizo desistir a Portugal de esas ambiciones.
En España, en tanto, todo era caos: invadida por Napoleón, se quedó sin rey luego de una curiosa sucesión de hechos. Carlos IV había cedido su corona bajopresión a su hijo Fernando, ya con los franceses dentro de su territorio. Pero poco le duró a Fernando VII la diadema: Napoleón citó a padre e hijo en la ciudad de Bayona, en los Pirineos. Convenció a Fernando de que debía devolver la corona a su padre, y a éste de que debía cedérsela al emperador. Con la corona en sus manos, Napoleón se la otorgó a su hermano, José. Este episodio se conoce como “la farsa de Bayona”.
Buenos Aires era un polvorín
Los sucesos ocurridos en España tuvieron gran repercusión en todo el Virreinato, y terminaron favoreciendo los propósitos emancipadores de un numeroso grupo de criollos. Asimismo, Buenos Aires era escenario de frecuentes enfrentamientos entre el virrey Liniers y el jefe del Cabildo, Martín de Álzaga. La lucha de poderes entre ambos tuvo su punto culminante en una asonada militar encabezada por este último, el 1o de enero de 1809, que estuvo cerca de terminar con el gobierno de Liniers. La oportuna intervención de Cornelio Saavedra al frente de los Patricios hizo fracasar el golpe y puso de manifiesto la importancia que habían adquirido los regimientos nativos.
Caída la monarquía española, se formaron sucesivas Juntas de gobierno clandestinas a nombre de Fernando VII. Estas Juntas, que cambiaban varias veces de sede en cuanto eran descubiertas por los franceses, sancionaban leyes con la pretensión de ser obedecidas en todo el inmenso imperio español, incluyendo a las colonias. El virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros, que se hizo cargo de la jefatura del Río de la Plata el 30 de junio de 1809, fue nombrado por una de esas Juntas clandestinas.
No todos los porteños estaban de acuerdo en obedecer a una Junta española, por considerar que su poder no era legítimo. Para ellos, las colonias americanas eran propiedad de la corona y no de los españoles en general: éste fue uno de los argumentos principales que se esgrimieron en contra de la continuidad del dominio español en el Río de la Plata.
Cisneros llegó a Buenos Aires en medio de un clima de efervescencia. Un mes antes de su arribo –el 25 de mayo de 1809– se produjo una rebelión en Chuquisaca (en la actual Bolivia), en contra del gobernador Pizarro. Entre los insurrectos estaba Bernardo de Monteagudo. Otro levantamiento contra los españoles se produjo en julio en La Paz, el cual fue ferozmente aplastado despertando indignación en todo el Virreinato. La falta de una cabeza reinante en España, la acechanza portuguesa y la importancia que habían adquirido las milicias criollas después de las invasiones inglesas (los regimientos españoles de catalanes, vizcaínos y gallegos fueron disueltos tras la asonada de Álzaga), no hicieron más que preparar el terreno para la formación de un gobierno propio.
La semana de mayo
“Las brevas aún no maduraron”, solía responderles Saavedra al grupo de criollos que se acercaba a pedir su intervención para acabar con el gobierno de los españoles. El jefe militar, quien también quería la emancipación, se caracterizaba por la prudencia y les aseguraba a los más inquietos que actuaría en el momento oportuno. Pero el tiempo de las brevas no tardaría en llegar...
El 15 de mayo de 1810 ancló en Montevideo la fragata inglesa Juan Paris trayendo la noticia de la caída de la Junta de Cádiz en poder de los franceses. Ya no había poder español alguno al que obedecer en Buenos Aires, y por eso un grupo de porteños intimó al virrey Cisneros para que difunda la noticia. Cisneros, que no contaba con poder militar, no tenía más remedio que hacer caso de las demandas.
Tres días más tarde, el virrey publicó una proclama pidiéndoles a los vecinos “mantener el orden”: sabía que se estaba tramando un levantamiento.
Los criollos ya habían definido un plan cuyo punto de partida consistía en la convocatoria a un Cabildo abierto. Para ello, el 19 de mayo, Juan José Castelli y Martín Rodríguez visitaron al virrey, aunque no obtuvieron una respuesta favorable sino hasta el día siguiente.
El 20, los funcionarios del Cabildo llamaron a los jefes militares para consultarlos sobre la convocatoria a un Cabildo abierto y conocer su opinión sobre los últimos sucesos. La respuesta de los hombres de armas, en boca de Saavedra, fue contundente: el virrey debía renunciar y el nuevo gobierno tendría que ser designado en el Cabildo abierto.
El voto de los vecinos
El 21, unos 600 hombres armados, a las órdenes de Domingo French y Antonio Beruti, ocuparon la Plaza de la Victoria (hoy Plaza de Mayo) pidiendo la destitución del virrey y la llamada a Cabildo Abierto. No había más margen para negociar: la reunión en el cabildo se concretó al día siguiente, poniendo en marcha el plan criollo.
Con al presencia de 251 vecinos se inició la reunión en el cabildo, el 22 de mayo. Se habían impreso 600 invitaciones, pero sólo se repartieron 450 sobre la base de una lista elaborada por el Cabildo.
Luego de un debate que duró más de cuatro horas, el recuento de votos se hizo a la mañana siguiente: 155 apoyaron la destitución del virrey y sólo 69 se expidieron por su continuidad en el mando. Hubo 27 personas que, por diversas razones, no votaron. De los votos que apoyaron el cese del virrey, la mayoría se inclinó porque el Cabildo asumiera el mando interinamente hasta que se constituyera una Junta de gobierno.
El camino de la libertad
El Cabildo quiso sacar provecho de la votación efectuada el 22 y, aunque aceptó la destitución del virrey, recurrió a la artimaña de incluirlo entre los miembros de la Junta que se formaría. La hábil maniobra sorprendió a los porteños, quienes tardaron algunas horas en reaccionar. La Junta que juró el 24 estaba integrada por cinco miembros: Cisneros (como presidente), los españoles Juan Solá (párroco de Montserrat) y José Santos Incháurregui (comerciante), y los criollos Juan José Castelli y Cornelio Saavedra, como vocales. Tras la sorpresa, los criollos se reunieron por la noche en casa de Rodríguez Peña y decidieron dar marcha atrás con lo decidido por el Cabildo.
El 25 de mayo amaneció frío y lluvioso. El grupo que dirigían French y Beruti ocupó la plaza en espera de los acontecimientos, mientras los vocales criollos de la Junta ingresaban al Cabildo para presentar sus renuncias. Los más exaltados advertían desde afuera que el pueblo “no tolerará que se burle su voluntad”. Los minutos pasaban y la impaciencia crecía: parte de la multitud, que no tenía noticias de lo que ocurría en el Cabildo, golpeó las puertas al grito de “el pueblo quiere saber de qué se trata”.
Cisneros tardó en renunciar, pero ante el hecho consumado y la falta de respaldo militar alguno, optó por dejar el Cabildo.
Un gobierno en armas
El nuevo gobierno nombrado por el Cabildo fue otra junta, pero integrada por nueve miembros: Cornelio Saavedra (presidente); Juan José Paso y Mariano Moreno (secretarios); Manuel Belgrano, Juan José Castelli, Domingo Matheu, Manuel Alberti, Miguel de Azcuénaga y Juan Larrea (vocales). Es el primer gobierno patrio de nuestra historia.
El repentino cambio urgía tomar medidas inmediatas. Por eso, el 27 ya se emitió una circular con destino a las provincias en la que, después de contar lo que había pasado, se pedía la elección de diputados para que se sumen al flamante gobierno.
No tardaron en surgir diferencias en el seno de la Junta, sobre todo entre Saavedra y Moreno. El primero, más cauto en sus decisiones, se molestaba con el joven secretario por sus posturas extremistas y su aumento de poder. El enfrentamiento terminaría al año siguiente con la ida de Moreno en misión a Londres, y su muerte en alta mar.
Pese a que la mayoría de las provincias aceptaron con gozo la instauración de la Junta, no tardaron en aparecer reacciones. La primera vino de Córdoba, donde el gobernador, Juan Gutiérrez de la Concha, se negó a obedecer al nuevo gobierno. En Buenos Aires, asimismo, las viejas autoridades del Cabildo y el ex virrey Cisneros conspiraban en secreto. La difícil situación no dejó otro remedio que tomar las armas para defender la revolución.
Cisneros y otros funcionarios españoles fueron apresados y enviados a España. En forma casi simultánea una expedición partió a Córdoba para sofocar la reacción. El jefe militar en aquella provincia era nada menos que Santiago de Liniers, el héroe contra las invasiones inglesas, quien consideraba que los porteños habían montado un gobierno ilegal y que eran ingratos por apartarse de España en momentos en que está estaba invadida por Napoleón.
La Defensa de la Revolución
Un ejército porteño, que estaba al mando de Francisco Ortiz de Ocampo y Antonio González Balcarce, llegó a Córdoba y persiguió a los insurrectos hasta atraparlos en Santiago del Estero. La orden era fusilar a los cabecillas, pero Hipólito Vieytes, que actuaba como auditor de guerra, prefirió enviarlos arrestados a Buenos Aires. Enterada la Junta de que no se cumplieron sus órdenes, envió al vocal Castelli para que las ejecute donde encontrase a la columna. Eso ocurrió en Cabeza de Tigre (Córdoba) , el 26 de agosto de 1810. Ese día cayó Liniers bajo las balas de sus ex compañeros de lucha de Buenos Aires.
Los otros dos focos de reacción eran Montevideo y Paraguay. En Uruguay regresó de España el ex gobernador Javier de Elìo en 1811 con el título de virrey del Río de la Plata, una designación que no fue aceptada por Buenos Aires. El caudillo oriental Gervasio Artigas se levantó contra Elío y comenzó a luchar contra los españoles.
En Paraguay se desconoció al gobierno porteño y se formó una Junta que fue presidida por el gobernador Bernardo Velazco. Manuel Belgrano fue enviado a Asunción para recuperar la plaza, pero después de ser vencido en sucesivas batallas, terminó firmando un armisticio.
Paraguay eligió su propio camino y después de deshacerse de Velazco se dio un nuevo gobierno en el que tomó el poder Rodríguez de Francia.
Primera Junta
El primer gobierno criollo fue un cuerpo colegiado de nueve miembros al que en diciembre de 1810 se unieron los representantes elegidos en el Interior.

Presidente
Cornelio Saavedra, militar.

Secretario
Juan José Paso, profesor.

Secretario
Mariano Moreno, abogado.

Vocal
Juan José Castelli, abogado.

Vocal
Juan Larrea, comerciante.

Vocal
Domingo Matheu, marino.

Vocal
Manuel Belgrano, economista.

Vocal
Miguel de Azcuénaga, militar.
Vocal
Manuel Alberti, sacerdote.














